Hay frases que, por sencillas, contienen una profundidad extraordinaria. En su primer día en España, el Papa pidió algo aparentemente simple: mirar “a los ojos” a las personas que sufren. Mirarlas de verdad. Qué gesto tan sencillo y, al mismo tiempo, tan revolucionario en un tiempo donde abundan las simplificaciones, los prejuicios y el ruido.
Tampoco es casual que el pontífice haya querido acercarse a Canarias para conocer de cerca el fenómeno de la inmigración africana irregular. Allí donde Europa empieza o termina -según se mire-, miles de personas llegan exhaustas después de jugarse la vida en el mar persiguiendo algo tan elemental como un futuro.
El Papa ha querido estar allí para escuchar, acompañar y trasladar un mensaje de esperanza. También para reconocer el trabajo de quienes, desde organizaciones sociales y humanitarias, sostienen con humanidad lo que, demasiadas veces, otros pretenden convertir únicamente en un debate de cifras.
Almería sabe mucho de esto. Nuestra tierra ha crecido con el esfuerzo de miles de personas llegadas de otros países que hoy forman parte inseparable de nuestra vida cotidiana. Trabajan con nosotros, emprenden, pagan impuestos y construyen, junto a quienes nacimos aquí, un proyecto común. La integración no es una amenaza: es una oportunidad cuando se hace desde el respeto, las normas y la convivencia.
Por eso preocupa escuchar determinados mensajes que algunos partidos políticos, singularmente PP y Vox, lanzan contra la inmigración. El miedo al diferente nunca ha resuelto un problema. Convertir al vulnerable en chivo expiatorio es un recurso viejo, injusto y profundamente irresponsable. Señalar al extranjero puede dar titulares o votos, pero nos empobrece moralmente a todos.
España ha decidido recorrer otro camino. El proceso de regularización impulsado por el Gobierno refuerza un modelo de política migratoria basado en los derechos humanos, la integración y la convivencia, compatible además con el crecimiento económico y la cohesión social.
Quizá convenga volver a esa imagen del Papa: mirar a los ojos y plantearnos una pregunta muy simple: ¿qué queremos ver cuando miramos a los ojos de quien llega? ¿Una amenaza o un ser humano? La respuesta, en el fondo, habla mucho más de ellos que de nosotros mismos.
