Hay algo que esta campaña ha dejado muy claro en Almería: la ciudadanía habla cada vez menos de política y cada vez más de cómo la política afecta a su vida diaria.
A lo largo de estos días no he encontrado grandes debates ideológicos en la calle. He encontrado preocupación. La de una madre que no consigue cita para su hijo en Atención Primaria. La de un matrimonio mayor que lleva meses esperando a que les concedan la dependencia. La de jóvenes desesperados porque no ven la forma de independizarse y de acceder a una vivienda.
Y detrás de todas esas conversaciones aparece siempre la misma sensación: Moreno Bonilla como el culpable del deterioro de los servicios públicos, que son el pilar del bienestar de los ciudadanos. En especial, de la sanidad pública, la de todos.
En Almería este problema se percibe de una manera especialmente dura. La situación de nuestros hospitales es el reflejo de una gestión tan nefasta como profundamente ideológica. Faltan médicos, faltan especialistas, faltan quirófanos y faltan respuestas para miles de familias que sienten que el sistema ya no les protege igual que antes.
Lo más preocupante es que este deterioro no ocurre por casualidad. Cuando se normaliza que la solución pase por acudir a la privada, cuando se deriva dinero público a empresas privadas mientras se vacían hospitales y centros de salud, lo que se está produciendo no es un problema puntual: es un cambio de modelo.
Y ese modelo genera desigualdad.
Porque quien tiene recursos encuentra alternativas. Pero quien no puede pagarlas depende exclusivamente de que lo público funcione. Por eso defender la sanidad pública no es una cuestión partidista. Es defender la igualdad entre ciudadanos.
Durante esta campaña también he visto otra cosa: una enorme dignidad colectiva. La de profesionales que siguen dando lo mejor de sí mismos a pesar de las dificultades. La de familias que no se resignan. La de una provincia que quiere avanzar y que sabe perfectamente que no puede hacerlo debilitando aquello que garantiza cohesión social y oportunidades.
Almería merece unos servicios públicos fuertes, una sanidad que atienda con rapidez y cercanía. Merece también que vivir en municipios más pequeños no suponga tener menos derechos.
Porque lo que está en juego es el modelo de sociedad que queremos construir. Y las sociedades más justas no son las que convierten los derechos en privilegios, sino las que garantizan que nadie quede atrás.
